Cada vez que enciendo la tele y veo un partido del fútbol peruano o inclusive cuando voy al estadio para ver algún cotejo del fútbol doméstico, no puedo evitar preguntarme, “es la misma fiesta que se vivía en años anteriores o es que realmente todo tiempo pasado fue mejor?” La tónica que han seguido últimamente las autoridades es la misma: Si algo se hace difícil de controlar, lo anulamos, y así poco a poco le han quitado el colorido a nuestro deporte rey, que aunque a veces modesto en cuanto a nivel de juego, por un tema de pasión y aliento nunca hemos sido menos que nadie.

Yo siempre he pensado que si vas a copiar algo, copia lo bueno. Recuerdo cuando se tomó la disposición de que los clásicos solo se jugarían con la hinchada local, tal como en Argentina pasa en los Boca vs. River Plate. Nunca más el Comando y la Trinchera en un mismo reciento, cada facción alentado a su cuadro. Después se metieron con los instrumentos musicales y hasta con las banderolas.

Ojo, que no por esto dejo de repudiar los actos de violencias que dicho sea de paso son innegables, el tema es que no porque sea un tema difícil de prevenir y controlar, cada ministro del interior se va a dar el lujo de prohibir alguna otra cosa más, desmembrando el espectáculo solo por no involucrarse los suficiente como para que todos podamos convivir en el estadio. Reitero, no estoy a favor de propiciar la delincuencia ni que los culpables de los hechos, por ejemplo, de la última balacera en el Alianza vs. Cristal sean puestos a derecho.

Pero si persiste esa manera de pensar de que cuando es susceptible de ser peligroso, mejor no se realice, va a llegar el día en que todos los encuentros se jueguen a puerta cerrada o peor aún, que solo podamos consumir futbol peruano por la tele. Realmente una pena, pero no dejo de soñar el día en que los estadios de nuestro país se vistan de gala, la gente se sepa comportar y exista la suficiente organización como para que puedan convivir desde el abuelo que lleva al nieto de la mano, hasta las barras organizadas, bueno, soñar no cuesta nada.

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